Inicio

La Danza del nacimiento… el nacimiento de la Danza.

En mi filosofía de vida, mis vivencias y expectativas de futuro, la Danza y de manera especial la Danza Oriental forman parte de mi vida, es mi vida, es el Arte que me hace sentir viva, no existe día que no baile, que no cree, que no imagine una coreografia, es sentimiento, es MAGIA en estado puro.

Es algo más que bailar, mis sentimientos hacia el Arte de la Danza y de manera especial hacia la Danza Oriental, están profundamente arraigados en lo más profundo de mi ser y de mi alma.

Al escuchar las melodías de la música, me siento una nota…
…una nota que baila entre los acordes, dejándome llevar por las líneas, entrelíneas, por el espacio, el silencio…
Puedo ser un DO, fuerte como una tormenta, un SI, tan dulce como la miel o un FA ligero como las mariposas.
Mi cuerpo ya no es mi cuerpo terrenal, es más, es etéreo… es tierra… es nada… es TODO….

Bailo para mí, para los demás, para mis seres queridos…..para ti.

EL DESTINO:

Llevo toda la vida dedicada a la danza, y he decidido crear mi propia compañía permanente en Madrid e impartir una formación en danza oriental en la que pueda transmitir todos mis conocimientos a mis alumnas. Pero creo que antes de continuar con este nuevo proyecto de crecimiento y de compartir las enseñanzas que me han transmitido generosamente mis profesoras, debo desnudarme y contar mi trayectoria vital. Qué circunstancias me han llevado a tomar esta decisión.

Me ruboriza contar mi vida, pero animada por mi pareja, he decidido hacerlo, convencida de que la danza pueden ser un bonito ejemplo de búsqueda personal y crecimiento: he llegado a la conclusión de que cada persona debe buscar su propio camino y que nuestras circunstancias personales forjan nuestro carácter.

Me ha visitado la Parca, la diosa encargada de llevarnos a las puertas de la muerte, y he salido fortalecida. Una vez para llevarme a mí, y otra para llevarse a mi amado padre. Pero creo que debo empezar por el principio:

20140119_141852

Comencé a danzar dentro de la tripa de mi madre, profesora de danza en Burgos, y quizás esa sucesión de vaivenes y tiovivos, me hicieron tener una especial sensibilidad por la música y los ritmos. Cuando nací, nos dijo el médico como una bonita metáfora, que vine al mundo bailando, contenta de poder experimentar por mí misma, esas mágicas sensaciones que ya había experimentado dentro del útero materno.

Cuando cumplí dos años, mi madre me puso por primera vez las mayas, hechas a la medida de mi diminuto tamaño. Fueron años de alegría, de olor a resina y de ilusiones compartidas. Llegaron mis primeras representaciones, con la responsabilidad añadida de que era la hija de la profesora, y que se suponía por ello que tenía que perseguir la perfección. Pude ceñirme en los pies las ansiadas puntas, para proteger mis frágiles dedos y sentir por fin la ingravidez de los giros y movimientos. Mis primeros aplausos…mi sensación de lo exigente que es la danza…mis sueños de futuro…mi fascinación por el cascanueces y el lago de los cisnes…mi actividad complementaria en el aprendizaje de toda clase de ritmos: latinos, sevillanas, tango, bailes de salón, jazz…

La Bella Durmiente. Gato con Botas y la Gata Blanca. Antes de actuar.Lo que en un principio era un juego, se tornó en una ocupación tan importante como los estudios en el colegio. Comenzaron los exámenes de la Royal Academy of Dancing de Londres, superados con sobresalientes y matrícula de honor. Y conseguí la tan ansiada titulación oficial. Me ofrecieron formar parte de la escuela de ballet de África Guzman en Madrid, escuela de profesionales de la danza clásica. La élite. Estaba a punto de conseguir mi sueño. Pero mi vida se truncó igual que una tempestad quiebra drásticamente una rama verde de 13 años. Una anorexia asesina me agarró por el estómago y no me soltaba. Me ingresaron pesando 28 kilos. Terapia de supervivencia y hormonas del crecimiento. Mi frágil cuerpo se resintió y me diagnosticaron un grave problema de espalda, en la 5ª vértebra lumbar, que podía dejarme en silla de ruedas. Adiós a la danza clásica para siempre. Recuerdo esa noche de desesperación cuando me dieron la noticia. Mi familia arropándome. Sollozos en el  dormitorio. Mi hermana mayor dándome ánimos, haciendo de tripas corazón, para que no desfalleciese: “Paloma no te preocupes…no puedes bailar, pero podrás hacer otras cosas…”, pero la danza era mi oxígeno, mi alegría de vivir.

Pasaron 4 meses de internamiento, hasta superar la anorexia. Salí del hospital sin ánimo de vivir: ¡¡¡no podía volver a bailar!!!. Comenzó la rehabilitación de mi espalda. Cinco duros años de fisioterapia -movilidad, calor y natación-.  Años de búsqueda, de enfrentarme con lo injusta que era la vida…me arrimé al lado oscuro. Me hice punk. Contestataria ante unas reglas que me habían quitado las ganas de vivir. Carpe diem: vive y bebe que mañana moriremos. Bajé a los infiernos.

Tras una breve mejoría hice una tentativa de volver a bailar. El flamenco y el clásico español fueron el reencuentro con mi pasión. Comencé a dar clase. Cuatro años de volver a sentir las música en mi alma. De poder expresar de nuevo mis sentimientos tras cinco años de mudez corporal. Me titulé en Danza Española por la Sociedad de Baile Español de Madrid. Pero volvieron las molestias en la espalda. Los médicos me desaconsejaron bailar de nuevo. El zapateado del flamenco me estaba volviendo a lastimar la espalda. Un año de rehabilitación, hasta que ocurrió algo que iba a cambiar mi vida.

Estudiando 2º Curso de Educación Social en la Universidad de Burgos, nos propusieron a varios voluntarios, viajar con la Agencia Española de Cooperación Internacional a Palestina, para colaborar en un proyecto social de ayuda a los refugiados, por medio de la ArteTerapia -danza, teatro y pintura, para personas con problemas psico-fisicos-. Hice las maletas y me marché. Belén, Ramalah, Jericó, Gaza… zona de conflicto bélico. Bombardeos y enfrentamientos armados. Me acostumbré a vivir rodedada de heridos. De funerales familiares y de odio cainita. Tuve una grave intoxicación por amebas y estuve varios días en la UVI: ví la luz al final del camino y las sombras que me esperaban, pero no era mi momento. Sentí lo delgada que es la línea que separa la vida de la muerte.
En contrapartida recibí un regalo maravilloso. Me aceptaron en las celebraciones familiares, como una más de la familia. Conocí por primera vez las danzas orientales. La magia del Dafke, folclore oriental bailado por hombres y otras danzas orientales, con unos ritmos y movimientos corporales que me parecián sacados del cuento de las mil y una noches. La bailarina Shasek, con su carisma, magia y mirada cautivadora: parecía que había echo un pacto con la madre tierra, con la feminidad más profunda y embriagadora. Me enseñó a danzar. Olor a shishas de manzana, falafel, hummus y té de hierbabuena. Sentados sobre mantas y almohadones bajo el techo de las jaimas, el tiempo se detenía por momentos. Fueron dos veranos muy intensos, que recuerdo como un sueño. Llegó la hora de volver, pero algo había cambiado en mi interior, para siempre.

A la vuelta a España, me decidí a aprender danza oriental. Estaba embrujada por sus ritmos y movimientos: ¡volví a renacer!. Después de duros años de arrastrarme como un gusano sin alegría, y de mi transformación personal en un capullo durmiente, me convertí por fin en mariposa. Mi formación y avidez de conocimientos eran desmesuradas. Aprendí con grandes profesionales: Mi prima Elena de Miguel, Raqia Hassan, Eva Chacón, Gloria Alba, Fadua Chuffi, Mahmoud Reda, Farida Fahmy y Alicia Cancel, entre otros. Percibí que las danzas orientales permitían una expresividad e identidad personal que no era posible en otro tipo de danzas. Compaginé mi aprendizaje con otros bailes, como danza contemporánea, cabaret, funky, krump o commercial dance. Me adentré en la filosofía oriental: Tai-Chi, Reiki, Meditación y Shiatsu.  Empecé a fusionar. A expresar mi propia personalidad en las clases que ya impartía como profesora.

Y se produjo un milagro. En un examen médico rutinario para ver el estado de mi espalda, los médicos se quedaron sorprendidos de mi mejoría. La danza del vientre me había curado. La posición corporal de retroversión de la cadera, había facilitado la corrección de mis vértebras lumbares y la lesión en la espalda había desaparecido. Gracias Dios Mío. Todo tenía un propósito. No sé si el Karma o el futuro escrito en las estrellas, pero había llegado a mi destino.

Amo las danzas orientales. Por todo lo que me han dado: me han devuelto a la vida y me han hecho reencontrarme a mí misma. A descubrir mi propio camino y a quererme más.Es por ello que escribo este relato, de superación y de esperanza, para toda las que amamos este arte. Y es por ello que he decidido vaciarme emocional y artísticamente en el programa de formación que he creado y que ofreceré en unos días. Un abrazo a todos: ¡cuanto me alegra estar viva!
Neftis Paloma

Más información sobre mi Curriculum Vitae aquí.

Deja un comentario

Tienes que iniciar sesión para escribir un comentario.